Homo Criminalis de Paz Velasco de la Fuente

“Y a todos los criminólogos y criminólogas que empiezan, que acaban, que están en la cresta de la ola, que están estudiando: no olvidéis nunca respetar a vuestros compañeros. Esto no es una guerra. Todos aportamos nuestro granito de arena. Estamos en el mismo barco para ayudar a la sociedad.”

Homo Criminalis, Paz Velasco de la Fuente.

Conocí a Paz cuando publicó su primer libro de divulgación científica (Criminal-mente) en la feria del libro de Madrid (creo recordar). Por aquel entonces decidí comenzar a estudiar Criminología y durante los años siguientes, a medida que iba aprendiendo sobre esta ciencia, acudí a varios congresos donde Paz participaba de ponente. Escucharla junto a varios otros profesionales significó para mi la evidencia de que había elegido el camino correcto, aunque un poco tarde. Pero algo me llamó la atención.

Los libros de Paz junto a mi cuaderno de notas de la carrera.

¿Qué tuvo “Criminal-mente” y después, “Homo Criminalis” para que se incluyera a Paz como “autora” de novela negra en listados y festivales literarios? Ni uno ni el otro pueden ser considerados novelas pues tienen un alto contenido científico. De hecho, “Homo Criminalis” contiene nada más y nada menos que 38 páginas de bibliografía. Para que os hagáis una idea, el libro “Principios de Criminología” de Santiago Redondo y Vicente Garrido contiene 68, poco menos que el doble cuando el libro de Paz tiene (en total) 491 páginas y el de Redondo y Garrido 1189. ¿Qué quiere decir esto? Que proporcionalmente, el nivel de documentación que Paz a requerido para escribir “Homo Criminalis” está a la altura de los grandes manuales que utilizamos para estudiar la carrera. ¿Y esto qué significa? Muy fácil: Paz escribe libros científicos muy buenos e imprescindibles. Sin embargo, ella hace algo diferente a otros maestros como García-Pablos de Molina o Serrano Maíllo: acercar la criminología a un lenguaje común y cercano, es decir, para todos los públicos.

Ante tal maniobra de pericia literaria, Paz demuestra ser una excelente divulgadora científica además de una profesional en sus campos y en “Homo Criminalis” nos sumerge en la actualidad de nuestro universo para poner delante de nosotros aquellos elementos que conforman el paradigma actual del crimen. El libro se centra, sobre todo, en los asesinos en serie y todo lo que les rodea (comunicación con los periodistas y víctimas, casuística, modus operandi, rasgos oscuros), nuevos grupos que en sí mismos no son delictivos, pero pueden desembocar en actividades ilícitas, pedófilos y pederastas en internet, ciberacoso, etc.

Mi biblioteca de Criminología divulgativa, aunque creo que uno se ha colado y no es de Paz.

Homo Criminalis es un libro científico, sobre todo y ejemplificante. ¿Qué quiero decir con esto último? Que sus páginas están repletas de ejemplos de casos reales, fechas, datos interesantes y muy duros, manifiestos, declaraciones. Es un compendio muy completo para todos, y para los que estudiamos esta maravillosa ciencia es un libro para etiquetar los temas de mayor interés y usarlo como referencia. Es más, yo diría que Paz ha hecho una gran labor, como dice ella en la mayoría de las tablas y gráficos adjuntos, una gran “elaboración propia” a partir de estudios, entrevistas y experiencias.

He tenido la oportunidad de conversar con Paz al menos durante los minutos que nos han prestado algún descanso en los congresos donde la he escuchado y alguna presentación de mis novelas y he de decir que me he quedado con ganas de continuar la conversación pues bajo su mirada desafiante y tímida a la vez, esconde un conocimiento y experiencia envidiables.

Algunos congresos donde Paz fue ponente.

Para terminar, solo puedo deciros que quien quiera acercarse al mundo del crimen, este es un buen libro para hacerlo y yo, leyéndolo, me he sentido conversando con Paz, estando la mayoría de las veces de acuerdo con sus palabras y otras no tanto pero siempre satisfecho de lo que estaba leyendo.

Felicidades, Paz. Otra gran “elaboración propia” para la Criminología y el mundo.

Dios salve a Texas, de Lawrence Wright

Hoy vamos a aprovechar que hace bueno y a darnos un garbeo por el condado de la mano de Lawrence Wright y su ensayo titulado “Dios salve a Texas: viaje al futuro de Estados Unidos”. Y es que tal y como está la cosa por aquí, qué mejor manera de calmar los ánimos que con un buen libro sobre esta tierra, aprovechando también que Trump ya no está entre nosotros (al menos, según Facebook).

Este ensayo de casi 350 está narrado en forma de “road movie” sobre bicicletas y otros vehículos, y el propio Lawrence no estuvo solo durante su travesía. Le acompañó su amigo Steve (Stephen Harrigan) y todo comienza con un cometario sutil del propio Steve mientras ambos se dirigen desde Austin a San Antonio, subidos en una furgoneta. Y es desde esa furgoneta y después en las bicicletas donde Lawrence comienza a hilar un comentario tras otro, una idea tras otra y a presentarnos este condado tan maravilloso como apabullante, lleno de contrastes donde el blanco y el negro se confunden con todos los colores del arco iris. Un ejemplo es el comentario que he mencionado antes, donde el bueno de Steve hablaba de la suave lluvia que les acompañaba en ese trayecto y Lawrence aprovecha para decir que “la sutileza es una cualidad que raramente sale a la luz cuando se habla de Texas”.

Lawrence nos muestra cada detalle del viaje encontrando lugares tan fascinantes como el Buc-ee’s situado a las afueras del New Braunfels: la mayor gasolinera del mundo con ciento veinte surtidores y un anuncio en lo alto que invita a utilizar sus aseos. Pero es que esto es Texas, amigo, ¿dónde sino vas a poder comprar hebillas enormes, botas Kevlar y todo eso que visten los vaqueros de por aquí? aunque oye, no todo son sombreros y pistolas, este libro lo demuestra.

Así continúan el viaje dejándonos como gente trabajadora, seguros de nosotros mismos y a prueba de neurosis y manías aunque como veréis, si os lo echáis al pescuezo para leerlo escuchando la NPR (según Lawrence es la radio que reina por aquí, “sedosa y urbanita”) y comiendo un buen filete (recordará nuestro amigo cuando era más joven y paraban en el Lowake Steak House) también da buena cuenta de toda la locura que hay con las armas por aquí (y por allá) y los tiroteos que han dado una imagen confusa y alarmista del asunto. Y ahí también entra en política. Mucha, pero muy bien narrada.

Y es que aunque yo sea un viejo casi atado a una silla y os escriba a duras penas sobre una mesa de madera vieja, este lugar llamado Texas no es solo un sitio lleno de republicanos y tiendas de licores (sin ánimo de ofender a los republicanos ni a una buena copa de bourbon). Este condado es bastante más que todo eso y si queréis conocer un poco la realidad de ciudades clave en la historia estadounidense, como Houston o Austin, ¡maldita sea! leer este libro.

A mi particularmente me gusta, el tipo describe mil cosas como el asunto del petróleo, los presidentes que han salido de aquí, nuestra cultura en todas sus fases, el sabor del progreso que se impone, pese a lo que algunos vecinos no desearían, y el futuro. Ese futuro escrito en las páginas del The Texas Tribune como no se hace en ningún otro estado, colocando a Texas en un lugar importante.

Es un buen ensayo, la verdad. Y agradezco a los chicos del rancho @dirtyworksedit su recomendación. Son perro viejo.

Ale, ahora dejadme que se hace tarde y los cerdos no se alimentan solos.

Cerrar al salir, que se escapa el gato.

Érase un río, de Bonnie Jo Campbell

La última barbaridad que he leído de los amigos del rancho Dirty Works es “Érase un río”, una novela ambientada a lo largo del afluente del Kalamazoo, el Stark. Y es que estos tipos editan maravillas como ésta novela.

Veréis, yo os cuento mientras me acomodo en el butacón delante del fuego pero yendo al grano, ¿de acuerdo?

Por aguas del Stark navega Margo Crane, una muchacha adolescente que aprende a madurar a base de golpes, recibidos nada más comenzar la novela y durante su paso por la Casa de la Marihuana y los Murray al oeste y la Casa de Michael, de Brian y la Isla Wilow hasta llegar a Heart of Pines por el oeste (los muchachos del rancho han sido tan amables de incluir un mapa dentro de la novela, para no perdernos, cosa que se agradece).

El norte se antoja caprichoso para Margo pues la situación que se genera al comienzo de ésta historia no es lo que ella esperaba. Su vida transcurría “plácidamente” hasta que tiene que salir por piernas. Podría huir hacia allí, o hacia allá pero Margo tiene dos problemas: su madre casi inexistente de la que oiremos hablar a lo largo del relato y su aversión a la tierra, lo que la obliga a recorrer el mundo sobre su amada barca La Rosa del Río.

Imagen de Lubos Houska en Pixabay 

La novela de Bonnie Jo Campbell se estructura en tres partes donde Margo deberá luchar contra los hombres que pretenden atarla a una tierra que odia y los fantasmas que jamás dejarán de perseguirla hasta que alcance su destino, que no es más que un lugar donde dormir con ambos ojos cerrados, pues Margo está obligada durante todo el relato a dejar uno abierto.

De relaciones esporádicas y sueños rotos, poco a poco Margo encontrará su camino descrito con gran detalle por la autora que, además es capaz de hacernos sentir el frío del agua y el calor del fuego. Y no solo eso: podremos ser testigos de la inmensa fauna que puebla el recorrido del rio y ser testigos de cómo Margo sobrevive gracias a tener unas pelotas más gordas que las de todos los hombres que va a apartando de su camino. Y allí, hacia el final de una decisión difícil que deberá afrontar, Margo entabla amistad con un personaje especial.

Son 348 paginas que te agarran de la pechera y te enseñan lo que es un mundo desconocido para muchos. A mí me gustó exageradamente y lo digo así ya que disfruté y sufrí con Margo, sentí el agua curtirme las botas y el dolor de ciertos momentos que suceden durante la historia donde cogería la escopeta y descargaría varios cartuchos sin pensarlo.

Para que os hagáis una idea (aunque visto lo visto, no sabría si puede ser garantía de calidad pero esta vez, si) la novela se ha adaptado al cine de la mano de Haroula Rose, directora de varias películas y documentales, entre otros trabajos. En el enlace que lleva su nombre, dirigido a su página web, podréis ver un trailer espectacular de lo que os estoy hablando.

Filmaffinity

Este libraco (de bueno, ¿eh?) podéis comprarlo por ahí o encargarlo pero en el rancho de los chicos de Dirty Works lo tenéis y no vale quejarse del precio, que mas os gastáis en cerveza barata.

Esta novela es una inversión y aquí está el enlace al libro.

Disfrutar de la novela y cerrar al salir, que escapa el gato.

Mi Rancho, mis reglas

Vientos cálidos vienen del sur para atemperar nuevos tiempos y dentro de todos los cambios que pueden ocurrir, algunos serán mas devastadores que otros. Por ello, me retiro al rancho salvaje de Woods Lane donde poder disfrutar del presente y del futuro con la tranquilidad que éstos campos ofrecen. Todos son bienvenidos pues aquí os muestro mi biblioteca que, sin ser enorme, contiene grandes joyas de la literatura norteamericana pero también europea.

La parte salvaje de Woods Lane, un pequeño pueblo al sur de Texas

Así que reabrimos el Rancho para disfrute de quien venga de buena gana, por que quién se acerque con ganas de incordiar, no espere ser bienvenido.

Este es mi rancho y éstas son mis reglas.

Sangre Azul, un policial de Susana Quirós

Conoceréis a Susana por su blog “Erase una devoralibros”, y yo he tenido la gran suerte de hacerlo en persona. Es alguien que se mueve bien en los blogs literarios mediante sus reseñas y videos. Sin embargo, es de las pocas valientes que han dado el salto a este oficio de juntar letras.

“Sangre Azul” pertenece al volumen titulado “Hechos de vuestras historias” de Ediciones Labnar, un libro de edición muy cuidada y gran calidad, algo que me ha sorprendido pues el precio de lanzamiento fue muy asequible. Susana nos contó el “unboxing” y diez curiosidades sobre el relato que os aconsejo veáis con atención.

La historia comienza con nuestro protagonista, William Goldberg, un chico nacido en el seno de una de las familias más adineradas de Elveside, un lugar dividido por la riqueza y la miseria a partes iguales, donde Will no encuentra su sitio y es aquí donde comienza el quebradero de cabeza para su familia y su búsqueda de un lugar donde sentirse identificado.

Will nunca ha querido seguir los pasos marcados por su padre, del cual iremos conociendo su personalidad y posición social a lo largo del relato. Tampoco está de acuerdo con el destino que se espera de él y decide tomar las riendas de su vida convirtiéndose en policía. Después de un periodo de adaptación, Will participará en su primer gran caso, relacionado con uno de los edificios emblemáticos de la ciudad. Los derroteros de la investigación y los hechos que irán acaeciendo colocarán a nuestro protagonista en una situación delicada y comprenderá que “las apariencias” son demasiado importantes en la alta sociedad de la que quiere huir.

Susana ha escrito una historia con un principio perfecto: sobre la mesa del lector deja todos los ingredientes a la vista y será en la forma de mezclarlos, los tiempos y el modo de hacerlo lo que provocará una buena historia con un gran final. “Sangre Azul” es un relato contado por un narrador omnisciente, el cual mira desde lo alto todo lo que ocurre en las dos caras de la moneda de Elveside. Allá abajo, Susana comienza a mezclar cada ingrediente: los personajes que al principio carecen de importancia, los asuntos ajenos a la investigación, los propios de la política local… y poco a poco, el relato va tomando forma, la trama se afianza y todo encaja dejando al final de la historia un buen sabor de boca.

Susana ha escrito un buen relato, el personaje de Will conecta con el lector, sabe crear empatía. La trama es interesante y se hace corta, así que me atreveré a aconsejarla desde aquí que si un relato supera las 2000 palabras lo aparque y se plantee una novela. Sangre azul, profundizando más en la historia familiar y en la que la propia ciudad de Elveside muestra, podría haber escrito una gran novela.

¿Algo que mejorar? por supuesto, siempre se puede mejorar pero hablamos de que Sangre Azul” es la historia que es y que Susana tiene potencial, talento y humildad suficiente para creer en sí misma como escritora. Si hay algo que mejorar, ya nos lo diremos en persona durante alguna otra presentación futura.

No quiero menospreciar a los demás autores/as de esta antología hecha de vuestras historias” y agradezco a Jackson Bellami, Aroa R. Zúñiga, Rubén Blanes, Beh Sam, Borja Alonso, Alhama RhiverCross, Manuel Pociello, J.P. Sánchez y Laura Mars quedarse conmigo, junto a mis libros para leer sus relatos otro día. Y gracias a Ediciones Labnar por su espectacular trabajo de edición (con todo lo que conlleva) y la calidad de la antología.

Susana, felicidades 🙂

Una Navidad diferente

Tristes finales se avecinan para almas luchadoras, aquellas que amamantaron a toda una generación que hoy les veneran. Mientras tanto, los ajenos al duelo simplemente hacemos lo que mejor se nos da: atender y apoyar, dejar todo listo para que los que acompañan al rey en sus últimos días, puedan hacerlo sin preocupaciones. Cambiamos planes, creamos otros, allanamos el camino del tiempo que se empeña en desaparecer bajo nuestros pies. Así se construye una Navidad diferente.

Canción del payaso triste

Faltaba una semana para el aniversario. La muerte de su padre significó, para él, un alivio. No sólo por dejar de estar obligado a visitarle cada domingo desde hacía quince años. Sino por liberarse de un yugo forjado a base de reproches y palizas. Sin embargo, el pueblo que les vio nacer opinaba lo contrario. «¡El señor Barret! ¡Barret, el Gran Payaso!» Y es que el padre era un auténtico Clown de profesión. Hacía reír a los niños que recorrían kilómetros con sus abnegados padres para ver cómo él, el Gran Payaso, estampaba contra su cara tartas de colores, tropezaba con pelotas de goma espuma y jugaba al hula-hop con una foca drogada y sumisa.

Recordaba como su padre echaba de menos el circo ambulante cuando éste se estableció definitivamente en la ciudad. Llevar a la familia a rastras le importaba un bledo. Sus quejas, no las tenía en cuenta. Ni las amenazas con las que su esposa le recibía cada noche. Sólo vivía para sus estúpidos números ridículos y vergonzantes… y para las trapecistas. Aunque eso era otra historia.

William Barret miraba la fotografía de su padre que descansaba sobre la chimenea una noche lluviosa de abril. Las gotas torpedeaban la ventana con violencia mientras un viento rabioso bandeaba los árboles hacia un lado y al otro. Parecía que en cualquier momento se romperían, precipitándose sobre algún coche o encima de la verja de su casita en el barrio residencial de Port Mouth. Y William siempre tenía la misma congoja al verlos ladearse como juncos. Un relámpago iluminó el salón y la penumbra abandonó la estancia durante unos segundos. En ese instante,  William escuchó una canción en la planta superior. «Dios mío» susurró. El sonido provenía del altillo de la primera planta. Y sabía qué se guardaba allí arriba, una estancia que se cerró hacía quince años atrás y jamás se volvió a abrir. Pero la musiquita seguía sonando. William acudió a las escaleras y subió el primer peldaño. Su corazón palpitaba con fuerza y rapidez. Subió el segundo escalón y el tercero. La madera crujía según avanzaba como si anunciara el preludio de una visión fantasmal al fondo de la escalera. Pero llegó arriba y allí no había nadie. Tan sólo el sonido metálico y machacón de aquella cancioncita que continuaba su viaje por el aire desde el altillo.

La planta de arriba tenía cinco habitaciones, un baño inmenso y un despacho. El despacho pertenecía a Harald C. William Patterson Barret II. William siempre pensó que tal longitud en el nombre se debía más a una baja autoestima que a un título nobiliario, ya que nunca vio más de una decena de libras por la casa. Los muebles que la adornaban eran sobrios, humildes e incluso destartalados. Pero eso cambiaba en el despacho. El abuelo Harald era abogado de profesión y exigió vestir su cuartel con las maderas más exquisitas que pudieran encontrarse en Gran Bretaña. Y forró cada pared con estanterías que aguantaban libros extraños y raros volúmenes sobre temas esotéricos, de adivinación y ocultismo. Aunque poco le sirvieron las técnicas adivinatorias para ver el futuro de su hijo. Y mucho menos de su nieto.

William entró en el despacho y una presencia gélida atravesó su costado empujándole hacia delante un par de pasos. Su abuelo seguía allí. Estaba convencido de ello y, por eso, las ventanas fueron tapiadas con las mismas maderas que formaban parte de las estanterías. Allí, en medio de la estancia ocre y bajo la luz de una lámpara amarillenta, continuó escuchando la canción. La entrada al altillo se encontraba en una esquina del despacho. Tan sólo necesitaba una banqueta y la llave. Entonces William se preguntó dónde demonios estaría la llave.

Cuarenta minutos después, la encontró tras revolver la habitación y apartar de su campo de visión todos los recuerdos que, como enanos correteando por la pradera, escapaban de cada cajón y cada armario al abrirlos, tirándole del pantalón y dándole azotes en el trasero. No le gustaba recordar. Y le molestaba mucho hacerlo. Con la llave en la mano suspiró varias veces en un esfuerzo de no entrar en cólera y gritar. Tenía la esperanza de ahuyentar a los fantasmas que acababan de instalarse en su casa.

La llave accionó el mecanismo y la trampilla cayó golpeando la nariz de William. Este enarcó las cejas e increpó al trozo de madera que le marcó el puente de la nariz mientras gritaba de dolor. Cuando se calmó, decidió guardar silencio. De nuevo, la canción maldita sonando, ésta vez, con más fuerza. Subió por las escaleras que la trampilla tenía disponibles y tanteó con los dedos el interruptor que su abuelo instaló cerca de aquella abertura en el techo. Un chillido se clavó en el oído de William cuando una rata se asustó al accionar el mecanismo. Y se hizo la luz.

El pequeño desván, refugio de roedores y palomas en un tiempo donde la única ventana que existía se mantenía abierta, estaba repleto de cajas, baúles y trajes embutidos en plásticos transparentes. La visión de aquel contenido era espeluznante, como si decenas de cadáveres se mantuvieran en pie mirando a quien emerge desde el cuadrado situado en el suelo, al son de una maquiavélica canción que no paraba de sonar.

Blaithin Carmody se encontraba frente al cadáver sin pestañear. El cuerpo tumbado boca arriba, con los brazos extendidos, parecía que fuera a comenzar un vuelo sin fin mientras no paraba de sonreír.

–¿Habéis encontrado algo interesante? –dijo la Teniente de Policía Federal de Darwin, Australia.

–Nada, Teniente. Tan solo lo que usted ve: el cuerpo desnudo y la cara pintada como un payaso.

–Hay que analizar la pintura y limpiar la cara por si tuviera señales o marcas de violencia. También habrá que mirar bajo las uñas, tomarla muestras de semen, etc. Lo de siempre.

–Si Teniente. Lo de siempre.

Blaithin regresó al coche con nauseas. Al entrar, un intenso olor a pollo al curry le revolvió más el estómago. Cogió el paquete que lo contecía y salió de nuevo del vehículo en dirección a una papelera. Pero no llegó a tiempo y vomitó a escasos metros de allí. Se limpió con la manga de la camisa mientras no dejaba de recordar la cara de aquella pobre chica, pintada de blanco con el contorno de los ojos de color rojo intenso y dos heridas en la comisura de los labios. Para rematar el lienzo, el asesino le había pintado una mueca de tristeza.

El volumen de la música aumentó mientras William se acercaba hasta una caja pequeña y marrón, sin dibujos ni adornos, cerca de un caballete y un maletín de pintor. La humedad de las islas británicas no había arruinado aquel mecanismo metálico que provocó en William la aparición de más y más recuerdos no deseados frente a él. Pero ésta vez no gritó ni entró en cólera. Sin comprenderlo, sintió cierta gratificación al escuchar la música tan cerca proveniente de aquella caja que al fin localizó y pudo coger del suelo. En sus manos, una sensación inusual recorría sus venas debido a la vibración de las planchas de metal chocar con los puntos en un rodillo que giraba y giraba sin fin. Su atención se desvió en un cambio de ritmo hacia el caballete que soportaba un trapo beis. Su mano derecha se acercó y sintió el polvo en la yema de sus dedos. Tiró de él y su mirada se clavó en el lienzo. Allí, un rostro familiar se mostraba: era un retrato de su padre disfrazado de payaso, con su sonrisa triste característica. William sintió odio y rencor. Sin control ninguno sobre sí mismo, guardó la cajita de música en el bolsillo de su batín y cargó con el caballete y el maletín de pinturas. «Va a ser el mejor aniversario, Papá… ¡ya lo veras!» pensaba. También bajó varios lienzos de distinto tamaño y se instaló en el despacho. Su cuerpo le empujaba a ejecutar la venganza que tanto tiempo llevaba planeando y decidió pintar payasos tristes para colgarlos por toda la casa y romper, de éste modo, la cárcel monocromática donde se encontraba desde que murió su padre.

Al día siguiente, Blaithin recibió una llamada de su Capitán para acudir a un descampado situado a las afueras de Darwin, en una zona industrial. Allí, de nuevo, un cadáver yacía desnudo, con los brazos en forma de cruz y con la cara pintada como un payaso. Las mismas heridas en la comisura de los labios. Las mismas pinturas pero, esta vez, distintos colores.

William pintó el primer cuadro en dos días, sin comer ni beber. Ni siquiera fue al baño. Un payaso con la boca deformada en la comisura de los labios, la tez blanca como la cal y el contorno de los ojos de color negro. Cuando finalizó el retrato, cayó exhausto sobre la alfombra del despacho y durmió durante otros dos días. Y soñó estar en otro lugar, en una especie de nave industrial con una cuchilla en la mano. Y sintió tener frente a él los útiles para pintar que su padre guardaba en el altillo. Y disfrutó aplicando capas de colores oscuros sobre el rostro frio de aquel desconocido. Y sintió un placer inmenso al rajar la comisura de los labios provocando una falsa sonrisa sobre aquel cadáver. Al fin, se despertó sobresaltado y su rostro se tornó en espanto al ver lo que había a su alrededor.

Blaithin acudió a la sala de autopsias para escuchar los resultados de la autopsia a la primera víctima mientras la segunda era transportada hasta allí.

–Se trata de un varón, de unos cincuenta años, muerto por asfixia. De los exámenes que hemos hecho no hay ningún resultado reseñable. Salvo la pintura.

–¿Qué quieres decir?

–La pintura utilizada posee una mezcla extraña en los componentes no se puede comprar en ninguna tienda local.

–¿Donde la fabrican?

William observó decenas de cuadros con payasos apoyados en cada rincón del despacho. Todos diferentes y todos pintados dentro de un macabro sueño que se había convertido en realidad. De pronto, la música volvió a escucharse en el interior del altillo. Juraría haber bajado con la cajita de música pero volvió a subir para terminar, de una vez por todas, con aquella pesadilla de la misma forma que había empezado: debía deshacerse de aquella maldita caja. Al llegar al lugar donde la caja se encontraba observó un álbum de fotografías antiguas que nunca había visto antes. Y deseó haberlo dejado cerrado por siempre.

–En Londres, mi Teniente.

–¿En Londres?

–Si. También vende por internet pero, por ahora, sólo para Irlanda.

–Mira a ver que hora es en Gran Bretaña y, si puedes, llama a la empresa que comercializa las pinturas. Quiero un registro de ventas del último año, con nombres y apellidos.

William agarraba el álbum como un naufrago se aferra a la última tabla que flota sobre el océano. Sus lágrimas mojaban el anverso de su mano mezclándose con el polvo y el sudor que le producía tocar aquellos objetos antiguos. Decidió levantarse y un pequeño sobre sobrevoló sus pies. Sin mucha atención lo recogió y salió del altillo. <<Necesito beber algo>> pensó. Apesadumbrado por lo que había visto en el interior del álbum, con la cabeza gacha y los hombros pesando una tonelada, bajó las escaleras haciendo caso omiso a los crujidos de la madera. La lluvia continuaba empapando el jardín y cayó en la cuenta que, si seguía lloviendo así, los rosales que rodeaban la casa terminarían pudriéndose. Pero le daba igual. Al llegar al salón, William depositó el álbum sobre la mesita de té situada junto a un sillón de respaldo alto. Una nube de polvo surgió en la oscuridad al dejarlo caer y encendió el televisor. Él sólo veía la CNN. Era el único canal con el que se sentía rodeado de gente. Pero aquella noche no le prestaba atención. Había encendido la televisión por el mero hecho de escuchar ruido hasta que una noticia le paralizó. El vaso de licor que se llenaba en su mano izquierda se precipitó al vacío, provocando la rotura del vidrio en mil pedazos mientras William, descalzo y con yagas en la planta de los pies, caminaba dejando huellas coloradas hasta el salón. Se plantó sin pensarlo delante del televisor con la botella de Whisky en la mano derecha y, dando un trago, dejó de respirar por unos segundos. El reportero de las noticias internacionales mostraba imágenes pixeladas de cadáveres desnudos y la cara pintada como un payaso. Como los payasos representados en la decena de cuadros que aún se encontraban, solitarios, en el despacho. Agarró el álbum y volvió a mirar las fotografías. No cesaba en su asombro cuando un teléfono apareció en la pantalla del televisor. Sin dudarlo, marcó el prefijo internacional de Australia y, a continuación, el de la Comisaria Federal de Darwin.

En la Comisaria alguien cogía el teléfono sin mucho afán. Pero una frase al otro lado de la línea, tan sólo una, despertó un repentino interés en el interlocutor que corrió hacia donde se encontraba Blaithin.

–Mi Teniente.

–Ha vuelto a entrar sin llamar… ¿no puede esperar un poco?

–Mi Teniente… es por el «asesino de payasos»…

–¿Algún graciosillo otra vez?

–Creo que no, mi Teniente… éste dice que sabe quien es el culpable…

–¿Y por qué habría de creerle? –Respondió levantándose.

–Porque llama desde Londres, mi Teniente.

Blaithin corrió al teléfono y, minutos después, gritó un nombre: –¡Buscar a Barret, Williams Barret en la base de datos!¡Ahora!.

No descolgó. William le relató que había encontrado en su altillo clausurado hacía quince años, que ocurrió dos noches atrás en el despacho de su abuelo y el extraño caso de los cuadros con los dibujos exactos a los realizados sobre cada víctima aparecidos después de dormir durante cuarenta y ocho horas. La Teniente no cesaba en su asombro cuando recibió la fotografía de aquel con quien hablaba de mano de un oficial. Entonces William recordó el sobrecito que sobrevoló sus pies, allá en el altillo y lo abrió. Se trataba de una fotografía. Una postal de Darwin, Australia. William preguntó:

–El la localidad de Darwin, ¿verdad?

–Si.

–Hay una casa –dijo examinando la postal –dígame, Teniente, una casa cerca de un parque… grande.

–No sabía decirle, señor Barret… necesito algo mas…

William acarició varias fotos del álbum donde aparecían los dos. El junto a un desconocido y su espalda se arqueó. La lluvia cesó y un relámpago de recuerdos recorrió su mente, mostrando una carpa, roja y azul, con un cartel enorme…

–Señor Barrett, ¿se encuentra bien?

–Si… si… una carpa… dígame, una casa cerca de un parque y una carpa…

–¿Roja y azul?

–¡Si!

–¡No cuelgue, por favor!

Blaithin ordenó que le fuera transferida la llamada a su móvil mientras corría con otros doce agentes de las fuerzas especiales hacia aquella casa característica de Darwin. Al llegar, entraron con un ariete y descubrieron, en el salón cuyas ventanas se encontraban tapiadas con maderas ocre, una decena de cuadros. Cuadros con caras de payasos tristes. Cada una igual a las dibujadas en las víctimas.

–Estamos en la casa, señor Barrett. Hay muchos cuadros con payasos pintados.

–Payasos tristes…

–Eso es. Pero hay algo más.

–Dígame… ¿está ahí?

–Si.

Blaithin se acercó al cuerpo de un hombre tumbado boca abajo, sobre el suelo del salón. Le giró la cabeza y juró haberle visto antes. En seguida recordó donde: era idéntico a la fotografía que le dieron en la comisaria. Igual que el señor Barrett con quien al teléfono hablaba.

–Mi teniente, la casa está a nombre de Wallace Barret.

«Dios mío» susurró Blaithin. Al otro lado de la línea solo se escuchó el silencio. El móvil de la Teniente recibió un último mensaje del señor Barrett. Se disculpaba. Decía que Wallace Barrett era su hermano gemelo. Confesó que se enteró aquella misma noche. Y dedujo que debió de comunicarse con él de alguna forma psíquica o espacio temporal… ambos guardaban un odio exacerbado por su padre pero cada uno lo expresó de una manera distinta.

La comunicación se cortó. El cadáver del señor William Barret se encontró en el salón de su casita de Port Mouth a la mañana siguiente. En la misma posición y orientación que guardó el cuerpo de Wallace Barrett… en Darwin, Australia.

Mi última noche

No sabría que decirle con sinceridad. Era una noche estupenda para compartir cena con alguien interesante, aunque echaba en falta algo de ambiente; unas velas o un tipo amarrado a un violín, acariciando las cuerdas con destreza mientras el lívido instrumento emitía sus gemidos más lastimeros, aunque pensándolo así, vaya cena mas triste.

            Una noche más, dije. Y todo acabaría por fin. En mi bolsillo interior, la carta. Junto a ella, la cartera que guardaba la placa oxidada y golpeada por el paso de los años. ¿Y la pistola? No, que va. Era la última noche ¿qué podría suceder? La dejé allí, en mi despacho repleto de cajas de cartón y recuerdos pegados a las paredes. Allí se quedó, tras las persianas venecianas que adornaban el cuadrilátero que tan bien acogió peleas entre los jefes y yo, entre mis ordenes y los que no querían acatarlas, entre mi mundo solitario y magullado y los demás. Todos los demás. Joder, era la última noche, ¿qué mas podían pedir?

            Cuarenta años en el cuerpo, sesenta y cinco recién cumplidos recorriendo mis venas y toda una vida por delante. Ahora sí, era mi momento. Después de la cena de gala con la que mis compañeros y los que querían plantar su culo sobre mi silla me obsequiaron, decidí volver a casa caminando. El restaurante no quedaba lejos. Como buen españolito trabajador y de lomos desgastados, acabamos cerca de las dos de la mañana. Por el paseo que separaba mi apartamento del restaurante, doscientos metros. Doscientos metros que resumían una vida dedicada a velar por la seguridad y la ley y no se que más chorradas.

            Escupí a los veinticinco metros del garito aquel donde bebimos hasta decir sandeces sin temor a represalias. Total, al día siguiente solo debía acudir para firmar. Y punto.

            Un coche pasó deprisa tras de mí y mis zapatos provocaban un chasquido metálico sobre la acera que no me permitió escuchar un silbido. El coche despareció al final del paseo y eché la mano al bolsillo. ¡Mierda! Me dije. Rebusqué y me detuve mordiéndome el labio inferior y alguien hizo lo mismo diez metros más atrás. “¿Qué narices estas pensando?” Deshice la idea en mi cabeza. Madrid es muy grande, somos muchos y no hay porqué preocuparse. Es mi última noche. Alcé la vista y observé un local encendido.

            Entré en aquel sitio oscuro como si de él emanase luz celestial, pidiendo algo de tabaco a gritos. Si estos cuarenta años de patear las calles arrestando delincuentes me había enseñado algo, es que no puedes huir de ti mismo, tarde o temprano, te pillarás. Así que cogí el Ducados, lo pagué y salí corriendo a la calle. Al cruzar el umbral, tropecé con una sudadera que debía esconder a un tipo en su interior pero no se quejó, ni yo tampoco. Pero al pisar la calle y abrir el paquete de tabaco si que me cabree. Y mucho. ¡Estaba medio vacío! Que cabrones, estos no me van a joder la última noche, pensé.

            Acudí al local echo una furia, respiraba con dificultad y me tocaba las narices que me hubieran estropeado mi momento a tan solo cien metros de casa. Pero al entrar…

            Un tipo apuntaba al dependiente con un revolver y su cara se escondía tras la sudadera.

            –¡No te muevas abuelo, o le abro la cabeza! –Exclamó nervioso.

            –Chico, eh… deja eso que vas a hacer daño a alguien.

            –¡Le he dicho que no se mueva! En cuanto me de lo que quiero, me marcho y ustedes se quedan aquí, ¿de acuerdo?

            Joder que tensión. Para ser la última noche me iba a despedir pero bien. Hice caso al chaval y el dependiente le entregó una bolsa que parecía pesar tanto que el delincuente tuvo dificultad para sostenerla. Al pasar delante de mi apuntándome a la sien me miró y pude ver sus ojos. Una mirada cristalina y rígida como un maniquí, alguien que no dudaría en pegarte un tiro para conseguir algo de coca, seguro. Y salió corriendo.

            Enseguida me acerqué al dependiente e intenté convencerle para que llamase a la policía. No me sentía tan inútil en toda mi vida: sin arma y con la placa desintegrándose por minutos. Nos calmamos ambos y desistí reclamarle un paquete de tabaco entero.

            A unos veinte metros de mi casa había consumido cuatro cigarrillos. A doce metros ya había terminado el paquete pero jugué con él hasta el portal cuando un brazo me agarró del cuello.

            –Dame todo lo que tengas y no grites.

            –Oye, oye… solo soy un pobre viejo que…

            Recibí un golpe sin acabar de decir mi frase con la que pretendía tranquilizar a mi agresor. La nuca me dolía horrores pero elevé la mirada y le vi. El mismo tipo de antes.

            –¿Qué pasa, no has tenido suficiente con lo del chino?

            –Dame todo lo que tengas –Dijo como si un disco rallado se hubiera insertado en su boca.

            Entonces decidí finalizar mi última noche sacando pecho, así, como en mis años mozos.

            –No tienes ni idea de con quien estás hablando.

            Y recibí otro golpe que me tiró al suelo. Allí, aquel tipo de mirada enrojecida con las venas rellenas de coca no dejó de darme patadas hasta que cerré los ojos. En ese instante, se detuvo. Segundos después, sentí una mano que caminaba por mi cuerpo como un ciempiés y pequeños objetos cayendo al suelo. Hasta que exclamó: –¡Joder, es un poli!

            Y abrí los ojos, me levanté como pude mientras él me miraba con los suyos inyectados en la poca sangre que le quedaba y la mantuve hasta quedar erguido.

            –Te lo advertí, no sabes con quien estás hablando.

            Cerré el puño y lo lancé hacia su cara visionando la acción a una gran velocidad.

            Pero olvidé mi edad. Y no fui tan rápido. El chico lo detuvo y abrió una navaja que llevaba encima. El brillo del filo iluminó su rostro y vi aquella mirada por última vez antes de sentir un pinchazo agudo y tirante en mi vientre. Después calor, mucho calor y el vacío bajo mis pies.

            Efectivamente, aquella noche fue mi última noche.

Huesos de Santo

Pobre chico. Los ojos de ese niño habían visto escenas difíciles de digerir. Y no sólo dentro de su casa. Fuera también. Sí, allí se encontraba el verdadero diablo y lo sabía. Lejos de los muros de aquel castillo encantado, de aquel cementerio de objetos de plata y cuadros funerarios, lejos del alcance de las miradas de otros vecinos. Tan sólo su perro consiguió permanecer a su lado un poco más cuando todos desaparecieron, sintiéndose como una flor que se va marchitando con el tiempo mientras observa la mala hierba crecer a su alrededor.

El sargento aminoró la velocidad de su Stanley Steam de 1929, a medida que la espesura dorada de los árboles dejaba entrever su destino: una colosal mansión victoriana situada en plena campiña inglesa. El cielo gris amenazaba lluvia aunque, para alguien como él, no revestía mayor complicación. Accionaría la capota de su precioso coche para proteger la tapicería y listo. 

Una vez que sus zapatos, negros y brillantes, se hundieron en las millones de piedrecitas colocadas en dirección al portón de la casa, comenzó a caminar. Observó el jardín, abandonado a la suerte de las horas mientras arbustos feos y deformes lo invadían todo. Agujeros circulares adornaban las lindes del camino como si un topo enorme tuviera su casa en el mismísimo centro de la tierra y en aquel lugar, la puerta de acceso. Varias esquirlas de color marfil asomaban de uno de ellos entre la tierra removida y, en el otro extremo del jardín, una caseta de perro derruida demarcaba los límites de la finca.

Al subir los tres escalones que separaban la puerta monumental del propio suelo, buscó el timbre. Pero no lo halló. En su lugar, una sobria aldaba le dio a entender que aquel era el único modo de llamar la atención. La miró con detenimiento y agarró el objeto metálico, levantándolo unos centímetros para dejarlo caer sobre la vieja madera. Un golpe. Eco. Nada.

Dos golpes. Eco. Nada.

El sargento esperó dos minutos más. Al comienzo del tercer minuto decidió volver tras sus pasos, bajar las escaleras y dirigirse hacia un lateral de la casa. Allí, dos grandes ventanales con cuarterones blancos mostraban el interior sin ningún pudor. Se asomó con discreción y la vio. Sentada. Meciéndose lentamente como si pudiera jugar con el tiempo a su merced. El sargento no dio ningún golpe en el cristal pero, de pronto, ella se detuvo. Giró la cabeza y le miró con seriedad. Por un instante, sintió vergüenza pero ella sonrió, aplacando todo malestar en aquel hombre. Se levantó y acudió a la puerta. Debió girar un pomo descomunal provocando un estruendo en el interior que traspasó la gruesa puerta que separaba los dos mundos.

–¡Corra! –le dijo.

El sargento, sorprendido, entró en el recibidor y la escuchó mascullar algo entre dientes que hubiera querido entender. Pero aquel lugar ocupó todos sus sentidos de inmediato. Allí, delante de él, se erguía un cuadro de proporciones exageradas. En su interior reinaba el color negro. Sin embargo, el pintor había demostrado su talento iluminando con tonos blanquecinos lo que parecía la sombra de un niño, en un lateral del lienzo.

–Es Gregory –la mujer susurró a su espalda.

–¿Gregory? ¿Es el niño desaparecido?

La pregunta, lejos de parecer impertinente, era necesaria. Aquella mujer cuyos rasgos mostraban una edad distinta a lo que marcaban sus huesos, asintió.

–Si. Por eso les he llamado.

–¿Cuánto hace que desapareció?

–Dos días.

–Hoy es martes. Entonces… el domingo, ¿cierto?

–Así es.

Los pasos de la mujer le llevaron al salón de té. Allí, observó dos tazas, una de ellas aún humeante.

–¿Esperaba visita? –Preguntó el sargento.

–¡Por supuesto que no!¿Por quién me ha tomado? Es para mi marido, James… está arriba –le dijo tapándose la boca con una mano –Oh, disculpe mis modales… desde que Gregory desapareció me encuentro muy alterada… ¿desea un té?

–No. Gracias. Cuénteme como ocurrió.

La mujer inclinó su cuerpo menudo sobre la misma silla de antes y, mirando a la chimenea encendida, permaneció observando el fuego durante unos minutos. El silencio se podría haber cortado y empaquetado para venta ambulante. Hasta que continuó.

–Volvíamos de misa. Un pregón precioso el del pasado domingo, ¿sabe? Los encuentros con Dios son tan necesarios en estos días… ¿Usted irá a misa, verdad?

–Bien… digamos que no es el momento de hablar sobre mí, señora… hábleme de la desaparición de…

–Ya ya… no siga, por favor. Bastante dolor sufrimos cada noche mi marido y yo desde que no tenemos a nuestro pequeño con nosotros para que venga usted a meter el dedo en la llaga… ¡por Dios bendito! –Y se santiguó.

–Señora, disculpe, pero usted nos ha llamado para encontrar a su hijo… ¿recuerda?

De nuevo, el silencio invadió la estancia durante unos segundos.

–Hay un órgano en la iglesia. Como cada primer domingo de marzo, en honor a nuestra patrona, se representa una pieza en dicho instrumento. En aquella ocasión, tocaron “Toccata y Fugue” en Do menor. Fue un momento increíble.

El sargento comenzaba a impacientarse. Mientras ella le explicaba lo que sintió al escuchar aquella melodía, él se levantó y comenzó a caminar por el salón de té. Los murmullos se volvieron susurros a medida que se alejaba y entretenía observando las fotografías colgadas de la pared. Una fotografía en concreto captó su atención. En ella vio un hombre bien parecido, alto y vigoroso, que sostenía una gorra en una mano y un lustroso coche a vapor se situaba tras él. De pronto, una voz le interrumpió.

–James. Mi querido James.

El sargento se sobresaltó y recordó las palabras que ella misma había pronunciado anteriormente. 

–¿Cuándo bajará su marido? Quisiera hablar con él. 

–Está arriba… ya se lo he dicho –le respondió con desdén, girando sobre sí misma y hablando en alto– Gregory se confesó y a continuación lo hice yo. Cuando volví sobre mis pasos, ya no estaba en nuestro banco. Siempre ocupamos el mismo lugar para que el Señor no se olvide de nosotros. Volví a casa confiada y le vi. Estaba de pie, pegado a la puerta de entrada. Pero algo me invadió y me enojé. Le vi sonriendo y pensé que se estaba burlando de mi, ¿sabe? Creo que… que el mismísimo diablo me engañó y le castigué. Recuerdo que quería ver a su padre…

La mujer comenzó a llorar y el sargento intentó calmarla. Pero se asustó al escuchar unos gritos que provenían del interior de su garganta.

–¡Márchese! ¿no ve que estoy sufriendo? ¡que se vaya le digo!

El sargento reaccionó con rapidez. De inmediato se dirigió a la puerta, la abrió y afilados rayos de sol le cegaron por un instante. En ese momento, la mujer se apiadó de él al verle tambalearse bajo el umbral de la entrada y volvió en sí. Se disculpó por sus palabras y sostuvo la puerta. El sargento dio media vuelta, con los pies en la escalera y dirigió su mirada multicolor sobre la aldaba con la esperanza de recobrar la vista en breve. Pero lo que encontró fue un pequeño detalle cromático sobre el objeto metálico que achacó a la acción de los rayos de sol sobre sus pupilas. Se restregó los ojos y volvió a mirar la mancha. No podía ser. “Dios mío” exclamó para si. Acercó sus dedos y sintió una textura pegajosa sobre sus yemas. ¡Era Sangre!. 

Miró a la mujer. Ella mostraba una palidez cadavérica y, de repente, un ladrido les sobresaltó. El sargento miró al jardín y observó a un perro escarbando en el hueco que observó al llegar a la mansión. Se acercó y el animal, histérico, comenzó a desenterrar pequeños cilindros resquebrajados. De pronto, miró al horizonte y un compañero de la brigada le saludó a lo lejos, ajeno al horror que el sargento estaba viviendo.

–¡Agarra a éste perro y dile que pare! –gritó. Inmediatamente regresó la vista a la puerta principal y observó que la mujer ya no estaba. Sintió pánico.

Entró deprisa y no escuchó nada. Afinó el oído cuando el endiablado animal dejó de ladrar y pudo sentir un murmullo que provenía de la cocina, opuesta al salón de té. Acudió despacio y la vio, encaramada en lo alto de la mesa, con una soga al cuello colgada del techo. Tras ella, objetos de labranza esparcidos por la cocina mostraban un uso de la habitación muy diferente al que fue concebida.

Ella le miró. Sonrió con un leve gesto. La soga estaba muy tirante y él sabía que, debido a su altura, se partiría el cuello al caer. Pero no saltó sobre sus piernas para sostenerla. Hubiera sido inútil. Tan sólo acertó a preguntar.

–¿Dónde está el niño? –dijo mientras una lágrima surcaba sus pómulos.

–Después del castigo le mandé arriba… con su padre.

Y echó un pie hacia atrás, empujando la mesa y dejándose desplomar sobre el vacío, mientras su cuello emitía un crujido que la alejó para siempre de éste mundo.

El compañero apareció justo cuando el sargento se arrodilló sobre aquella mujer, con un amasijo de huesos envueltos en una manta.